Ante los tiempos difíciles 

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Por: Juan Gabriel Galvis Villamizar, Asociado

Como religiosos que somos estamos invitados a reflexionar sobre el mes de las misiones, en el cual la pandemia, no nos dejó acercarnos a las personas más necesitadas. Reflexionaremos sobre el virus, qué consecuencias trajo, a qué nos llevó y también a pensar que todo lo que sucedió quedara marcado en la historia y en nuestras vidas.

 La vida que tuvimos hasta hace poco, ha dejado de ser algo que no se piensa, y hoy cada nuevo día viene cargado de nuevas emociones, nuevos sentimientos, nuevos miedos y nuevas angustias. Lo nuevo no es tener miedo, o angustia; nada de novedoso hay en las emociones y los sentimientos. La novedad reside en que las situaciones a las que hoy nos enfrentamos son tales que nunca antes las habíamos considerado como posibles, más allá de los ejercicios a los que nos tiene acostumbrados la ciencia ficción. 

Y en medio de esta nueva condición, de esta nueva vida, tan inestable como, por ahora, permanente, resulta necesario atender a voces que, venidas desde diferentes direcciones, nos permiten dar sentido, nos ofrecen una guía, o por lo menos algo de luz en medio de la oscuridad. 

La paranoia se apodera constantemente de nuestros pensamientos con tintes subversivos cuando queremos ir contra corriente y saltarnos la norma de guardar distancia, ¡es que no nos han enseñado a ser islas!, estamos acostumbrados a los abrazos, a las caricias, a los besos, pero no sabemos dónde se encuentra el virus, desconocemos quién pueda tenerlo, muchos de nosotros aún no hemos tenido la experiencia de estar cerca de alguien contagiado, o por lo menos, eso creemos. El virus, por lo que hemos conocido, es imperceptible a los ojos humanos, pudiéramos decir que es intangible; no podemos asegurar, muchos de nosotros, que hemos tenido experiencia con éste o aquél contagiado; pero, lo que se va convirtiendo en una premisa obligatoria es si amas a alguien y quieres protegerle, no debes estar cerca, sino lejos. Debemos confiar, debemos esperar, debemos aguardar, aunque el confinamiento nos duela, aunque ver las mismas cosas todos los días ya no sea un descanso sino una prisión, debemos aguardar para salvar nuestras vidas, la propia, la de los nuestros seres queridos y la de todos.

La gran mayoría de los católicos en el mes de octubre esperaban poder compartir la fe con los demás a través de las misiones, a través de ir a llevar una palabra de aliento al que se siente solo, pero, no fue posible por el COVID 19. Algunos religiosos fueron tan valientes que aun en medio de la desesperanza y en medio de la desconsolación estaban compartiendo con los demás, estaban llevando esa luz en medio de la oscuridad. El mes de octubre es uno de los meses del compartir la buena nueva con el desconocido, pero, el COVID arruino nuestros planes. Nuestra vida cambió radicalmente, ya no me preocupo yo como individuo si no también es, ese yo, entra el todos, debemos cuidarnos, ahora nos, preocupamos por los demás.  El papa Francisco nos da unas palabras sobre la misión, en la cual aun  en medio de la desesperanza estamos invitados a dar una palabra de aliento al que la necesita. Cuántos santos, cuántas mujeres y hombres de fe nos dan testimonio, nos muestran que es posible y realizable esta apertura ilimitada, esta salida misericordiosa, como impulso urgente del amor y como fruto de su intrínseca lógica de don, de sacrificio y de gratuidad. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar. Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios. Aun cuando mi padre y mi madre hubieran traicionado el amor con la mentira, el odio y la infidelidad, Dios nunca renuncia al don de la vida, sino que destina a todos sus hijos, desde siempre, a su vida divina y eterna. La pandemia nos alejó de cuerpos pero podemos sentir la presencia del otro a través de las redes y es el momento de llevar el mensaje de dios a través de las mismas redes sociales

El COVID nos enseñó a poder compartir con los demás por ventanas virtuales a poder reencontrarnos detrás de una pantalla para así compartir nuestra vida y nuestra experiencia. No es nada fácil enfrentar esta pandemia, pero solo nos queda ser valientes como estas santos que salían a las misiones aun en medio de la violencia o en medio de las dificultades. Finalmente, el mes de octubre fue el mes en que, nos queda esta experiencia, de que no hubo un encuentro con los demás y compartir la buena nueva. Quizás dentro de algunos años todo esto se contará y será tan importante para la historia humana. “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. (papa francisco)


 

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